Alzheimer, la más prevalente de las enfermedades neurodegenerativas
Un artículo elaborado por Nuria Jiménez Perdices
El 21 de septiembre, se ha conmemorado el “Día Mundial del Alzheimer”, con el objetivo de visibilizar a enfermos y cuidadores, así como sensibilizar a la sociedad española sobre las repercusiones que tiene a nivel social, sanitario y familiar.
Se trata de una enfermedad neurodegenerativa, en la que la degeneración del Sistema Nervioso Central causa, principalmente, la pérdida de memoria, pero también la progresiva pérdida de otras funciones cognitivas, así como otras alteraciones de carácter emocional y conductual.
La enfermedad de Alzheimer (EA) es la más prevalente de las enfermedades neurodegenerativas. Se estima que en el año 2030 las demencias llegarán a afectar a más de 65 millones de personas en el mundo. Ante esta abrumadora cifra, ¿qué podemos hacer?
Lo recomendable es seguir avanzando en tres líneas paralelas de trabajo.
1. De suma importancia es la prevención.
Se está poniendo mucho énfasis en los últimos años en adoptar medidas de carácter preventivo, tanto para disminuir la prevalencia de las demencias, como de otras muchas enfermedades. Y aunque aún hay enigmas por resolver sobre el origen de la EA y sobre qué circunstancias actúan como desencadenantes de la enfermedad, se considera crucial el mantener un estilo de vida saludable. Cada vez son más los estudios científicos que avalan está postura con el fin de disminuir la vulnerabilidad a padecer algún tipo de demencia. Se hace especial hincapié en:
Mantener un adecuado descanso, durmiendo entre 7 y 8 horas diarias, intentando mantener unos horarios estables para el sueño.
Llevar una correcta alimentación. Aunque hay algo de controversia aún en este aspecto, la mayoría de los estudios coinciden en los siguientes factores protectores contra la EA: la restricción calórica, los ácidos grasos omega 3, vitamina B (ácido fólico y vitamina B12) y antioxidantes (vitamina E y flavonoides) A grandes rasgos, tomando como referencia la dieta mediterránea, eso sí, evitando las comidas ultraprocesadas tan presentes en nuestra sociedad en los últimos años y tan perjudiciales para nuestra salud. Las frutas, verduras, pescados, legumbres y frutos secos son los alimentos que se recomiendan como base de la alimentación y como fuente de los nutrientes que se han ido perfilando como protectores.
Realizar ejercicio físico diario (practicar algún deporte, paseos…)
Mantener una vida activa, tanto a nivel social como a nivel cognitivo.
Relacionarse con familiares y amigos de forma frecuente, y llevar a cabo actividades intelectuales. Leer libros y periódicos, escribir, hacer pasatiempos (sopas de letras, crucigramas, sudokus, ajedrez, juegos de mesa…), acudir al cine, teatro… y en definitiva, llevar a cabo todo tipo de aficiones.
2. La segunda línea a considerar es la detección precoz.
Mantenernos alerta para no pasar por alto los primeros síntomas de la enfermedad, que en no pocas ocasiones vendrán de la mano de pequeños despistes que, inicialmente, pasan desapercibidos para pacientes y familiares. En otras ocasiones, se manifestará como dificultad para prestar atención o para organizarse con las tareas diarias y/o trabajo a desempeñar. Detectando de forma temprana la enfermedad, se podrán poner en marcha cuanto antes las medidas oportunas y los tratamientos necesarios para el mejor manejo del paciente.
3. Por otro lado, nos encontramos con el abordaje de la enfermedad una vez instaurada.
Al igual que en otros tipos de enfermedades neurodegenerativas, dicho abordaje, se encuentra basado en dos pilares fundamentales: el tratamiento farmacológico y el tratamiento no farmacológico. Desde hace varias décadas, se trabaja incansablemente en desarrollar un fármaco que revierta y en definitiva, cure la enfermedad de Alzheimer. Hasta la fecha, aunque ese objetivo aún no se ha alcanzado, contamos con una serie de medicamentos que contribuyen a ralentizar el proceso de la enfermedad. Estos fármacos, en combinación con el tratamiento no farmacológico, llevado a cabo por equipos multidisciplinares, serán la mejor elección para los pacientes con EA.
¿Cuál es la aportación de la neuropsicología en la EA?
Labor diagnóstica:
El neuropsicólogo, es el especialista que estudia la relación entre el cerebro, la cognición y la conducta. Evalúa al paciente para conocer el funcionamiento de sus procesos cognitivos (atención, memoria, lenguaje, funciones ejecutiva..), detectando si existe algún tipo de alteración en alguno de ellos, así como las posibles dificultades que presenta el paciente en su vida diaria. En caso de sospecha de demencia, es fundamental estudiar el perfil cognitivo del paciente ya que nos permitirá valorar si la persona evaluada presenta un envejecimiento normal, un deterioro cognitivo leve o bien una demencia. Y en caso de demencia, contribuir, junto a una serie de pruebas complementarias, a dilucidar el tipo de demencia padecido.
Intervención y estimulación cognitiva
Una vez que se conoce el perfil cognitivo del paciente, así como las dificultades funcionales presentes en su vida diaria, se diseña y pone en marcha un programa de estimulación cognitiva individualizado con el fin de paliar los déficits manifestados por el paciente, buscando siempre la mayor independencia funcional y la máxima calidad de vida posible.
