Algunos datos sobre el ictus
Casualmente el Día Nacional del Daño Cerebral y el Día Mundial del Ictus tienen fechas muy próximas. El primero de ellos se celebra el 26 de octubre, mientras que el segundo se conmemora cada año el 29 de octubre.
Según los datos que manejan las instituciones, está demostrado que la población tiene un mayor conocimiento del concepto de «ictus» que del concepto de «daño cerebral», que parece resultar más difuso. Precisamente una de las causas mayoritarias de daño cerebral es el ictus, mientras que el daño cerebral puede surgir también por fuertes traumatismos o anoxias. Sea como fuere, la aparición de cualquiera de los dos en el seno de una familia tiene un impacto emocional y económico muy alto, que en muchos casos podría haberse evitado.

Fuente: Federación Española de Ictus
El ictus es una enfermedad que afecta a los vasos que proporcionan aporte de sangre al cerebro, bien por hemorragia o bien por oclusión arterial. La sangre no llega en cantidad suficiente al cerebro, provocando la muerte de las células nerviosas. El ictus, al que también se conoce con el nombre de «ACV» (es decir, accidente cerebrovascular) puede ocurrir a cualquier edad, aunque es más probable que aparezca a partir de los 60 años. Se considera que en España es la primera causa de dependencia en adultos, aunque podría prevenirse en un alto porcentaje: el 80% de los casos. Por otra parte, el ictus es económicamente muy costoso para los países avanzados. Representa una media del 3% del gasto sanitario total.
Queda mucho camino por andar para que la sociedad conozca más y mejor la situación de las personas que sufren ambas dolencias y se implique en su prevención. Para ello, la información es fundamental.
El ictus se puede evitar
La Federación Española de Ictus ha puesto este 2019 el foco en la prevención, con un lema contundente: «Que no seas tú». Se estima que aproximadamente 1 de cada 4 personas sufrirá un ictus en algún momento de su vida, motivo por el cual es importantísimo incidir en la prevención.
Una alimentación saludable, un estilo de vida activo, con tiempo para el descanso y el deporte, o el control rutinario de la tensión arterial, son consejos básicos para evitar la aparición de un accidente cerebrovascular. Porque aquellas personas que sufren de hipercolesterolemia, altos niveles de glucosa en sangre, hipertensión, o que fuman, además de aquellas que tienen sobrepeso u obesidad, o se mueven poco, son grandes candidatos a sufrirlo. Es más, haber sufrido anteriormente un ictus predispone a la persona a poder sufrir un segundo, de consecuencias aún peores que el primero.
Escuchar al cuerpo
Conviene conocer bien los cinco síntomas básicos que pueden indicar la presencia de un ictus, y no relativizarlos si aparecen creyendo que «ya se pasarán». El tiempo corre en contra de la persona que lo sufre si no recibe atención médica lo antes posible.
Estos son los síntomas:
Dificultad para hablar y comprender lo que se escucha
Aparición repentina de un fuerte dolor de cabeza
Pérdida del equilibrio, posibilidad de caídas
Ausencia de fuerza en un solo brazo, una pierna, o en ambas extremidades
Pérdida de visión en un solo ojo, o visión borrosa repentina
¿Y después del ictus?
Los avances en la Medicina han logrado reducir la cifra de fallecimientos por ictus en los últimos años. Sin embargo, el número de personas en situación de dependencia tras sufrir un accidente cerebrovascular es muy elevado. Aquellos que han salido adelante tras un ictus, pueden tener afectaciones más o menos severas que implican además de dificultades motoras, cambios en su conducta, en su relación con los demás, en la percepción de uno mismo o en su estado emocional. En ocasiones, la calidad de vida de pacientes, familiares y cuidadores se ve sensiblemente mermada.
Algunas de estas personas, las que han sido atendidas y recuperadas a tiempo, pueden continuar su vida con secuelas aunque con relativa normalidad tras el periodo de rehabilitación. Sin embargo, es posible que desarrollen miedo a un nuevo episodio, sensación de angustia ante la rutina que deben recuperar, tristeza o frustración, desembocando en ocasiones en un cuadro depresivo.
En ese punto, al trabajo de neurólogos, fisioterapeutas, logopedas o médicos rehabilitadores, se une el de psiquiatras y psicólogos, que pueden ayudar en gran medida a que el paciente y su familia puedan sobrellevar su nueva situación y la acepten de la mejor manera posible.