El sueño, ese gran enigma
El sueño sigue siendo un gran enigma científico y a día de hoy se desconocen numerosos aspectos de su funcionamiento. El día 15 de marzo se celebra esta jornada dedicada a una actividad básica para la supervivencia del ser humano. Tradicionalmente se ha considerado un fenómeno pasivo, pero recientes investigaciones han demostrado que durante el sueño, el cerebro también desarrolla una importante actividad.
Lo que se conoce con certeza respecto del sueño, es que en su presencia se dan dos fases. Durante la fase No REM se produce una regeneración de tejidos corporales y es en ese tiempo en el que se recupera la energía agotada durante la jornada. En la fase REM se producen fenómenos de reparación cerebral, reorganización neuronal y consolidación de funciones cognitivas como la memoria y el aprendizaje. Pero, ¿qué es lo que regula exactamente nuestras horas de sueño? Una zona del cerebro, denominada “núcleo supraquiasmático”, es quien le da la orden de dormir o despertar. Ese núcleo se estimula con la luz que entra a través de la retina, y desde él llega la información a la glándula pineal, que es la encargada de producir melatonina. Al reducirse la luz, se incrementa esa sustancia y aparece la sensación de sueño.
Eso sí, con pequeños matices. Los denominados “ritmos circadianos”, o lo que es lo mismo, nuestro reloj biológico, además de ordenar nuestro sueño, rigen nuestras hormonas, nuestro metabolismo e incluso la temperatura de nuestro cuerpo. Es por ello que hay personas más tendentes a trasnochar (búhos) y otras que madrugan sin mayor problema (alondras).
Ese reloj biológico puede verse alterado por distintos factores, genéticos, oftalmológicos u hormonales, como por ejemplo en el caso de la menstruación. Pero, como explicábamos, en condiciones normales los ritmos biológicos están condicionados por la luz: la noche y el día influyen respectivamente en nuestro sueño y vigilia.

Fases del sueño
A través de diversas pruebas que analizan y registran la actividad eléctrica cerebral, se sabe con certeza que las ondas eléctricas difieren en función de cada momento del sueño. La fase I es la de “adormecimiento”, donde la persona es aún capaz de reaccionar a estímulos. La fase II es ya una fase de sueño profundo y prepara a la persona para las siguientes fases. Si en ese momento hay ruidos, el cerebro es capaz de obviarlos para preservar el descanso. En las fases III y IV se consolida el sueño. Es la fase en la que se produce el sueño reparador, disminuye la temperatura y baja la tensión. Por último, en la fase REM, los ojos se mueven rápidamente, se producen los sueños y hay pérdida de tono muscular para que el sujeto pueda moverse en función de lo que esté soñando.
¿Cuánto debemos dormir?
Lo cierto es que depende de cada persona y cada edad, pero para asegurar la supervivencia, el mínimo tiempo que una persona debe dormir son 4 / 5 horas. Asegurando 8 horas de sueño diario el descanso es óptimo. Sin embargo, la falta de sueño o un sueño de mala calidad pueden acarrear alteraciones hormonales, cardiovasculares, inmunológicas o envejecimiento precoz, por lo que es más que aconsejable procurar dormir lo suficiente.
Cuando el sueño no marcha bien
Existen muy diversos motivos por los cuales una persona duerme mal. Las pesadillas, las alucinaciones, el insomnio, la parálisis del sueño, la apnea o patologías como el síndrome de piernas inquietas o la narcolepsia, pueden aparecer en el curso de problemas neurológicos o psiquiátricos que conviene consultar con un especialista. Por otro lado, algunas de las experiencias negativas que ocurren durante el sueño o en el momento en que la persona debería estar durmiendo, no son en sí una patología pero quizá son un síntoma de otros problemas que en muchos casos se pueden detectar y tratar en consulta.
¿Qué podemos hacer para dormir bien?
En general, hay una serie de pautas que, puestas en práctica de manera rutinaria, facilitan un descanso de calidad. Mantener un horario estable para acostarse y levantarse, hacer ejercicio físico suave por la tarde, evitar actividades estimulantes a últimas horas del día o tomar una cena frugal son actitudes que contribuyen a asegurar un buen descanso nocturno. También ayuda utilizar la cama exclusivamente para dormir: no sestear en ella o dedicar su tiempo a utilizar el móvil o la tablet. La cama, por obvio que resulte mencionarlo, debe de estar en un ambiente confortable, cómodo, en una habitación adecuadamente iluminada, silenciosa, ventilada cada día y a la temperatura óptima.
Si a pesar de todo el sueño no llega, es mejor no obcecarse. No hay que desesperar o empeñarse en quedarse dormido. Abandonar la habitación un rato para relajarse y tratar de dormir pasados unos minutos puede ser a veces la mejor opción.
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