El estrés: la nueva epidemia del siglo XXI
Vivimos tiempos convulsos, las secuelas de la crisis económica, la incertidumbre política, el estrés laboral, la sobrecarga de tareas, las prisas, la falta de tiempo… hacen que día a día, nos enfrentemos a situaciones con un alto nivel de exigencia y cierto grado de incertidumbre.
El resultado de esto es que la ansiedad y el estrés se han revelado como los males del siglo XXI. Nueve de cada diez personas han sentido estrés en el último año y un 40% de la población lo padece de forma continuada. Según las estadísticas, uno de cada cinco españoles consume algún tipo de fármaco para dormir, y los ansiolíticos se han convertido en el “medicamento de moda”.
Entre los síntomas más comunes de este problema, destacan la irritabilidad, la ansiedad, los problemas de sueño o los dolores de cabeza. A veces, los síntomas son menos evidentes, manifestándose como apetito voraz o, por el contrario, la falta de apetito, erupciones cutáneas, crisis gastrointestinales (como el síndrome del colon irritable), dolores musculares, consumo excesivo de tabaco o alcohol, etcétera. Algunas personas se sienten constantemente indispuestas, con un malestar difuso que no son capaces de explicar, e inician un largo peregrinaje de médico en médico, de prueba en prueba, sin encontrar una explicación para su dolencia.
Según los datos de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS), las personas que padecen trastornos mentales como ansiedad, depresión o estrés, acuden al médico de cabecera una media de diecinueve veces más al año que aquellas sin problemas emocionales y, en la mayoría de casos, se les receta antidepresivos o tranquilizantes.
Por lo tanto, el estrés y la ansiedad son problemas con un importante impacto, no solo a nivel emocional sino también en la salud física de las personas. Pero, ¿sabemos qué es el estrés y por qué se produce?

Pues bien, el estrés es una respuesta adaptativa ante una demanda del entorno que supera nuestras capacidades, reales o percibidas, para hacerla frente. Esta situación produce un estado de desequilibrio que desencadena, en primera instancia, una “fase de alarma” donde se desarrollan una serie de reacciones físicas encaminadas a afrontar dicha situación. Las características e intensidad de estas reacciones dependerán de la naturaleza de la demanda y de factores intrínsecos a la persona, como el grado de control percibido o la experiencia.
Tras ese primer momento de alarma, entramos en una “fase de resistencia”, en la que debemos luchar para resolver la situación con el menor coste y daño posible, para lo cual, se despliega todo un conjunto de reacciones físicas, psicológicas y conductuales. Cuando el conflicto se alarga, y no se encuentra solución, entramos en la llamada “fase de agotamiento”, donde aparecen los trastornos fisiológicos, psicológicos y sociales, que pueden llegar a hacerse crónicos e irreversibles.
Remedios poco útiles
Para disminuir estos efectos del estrés, solemos recurrir a estrategias como charlar con amigos y familiares o practicar deporte. No es infrecuente recurrir al consumo de fármacos, en muchos casos bajo prescripción médica, pero a veces de forma autopautada. Aunque es indiscutible la eficacia de la medicación para reducir la sintomatología ansiosa, lo cierto es que es probable que ésta vuelva a aparecer en cuanto retiremos el tratamiento si las circunstancias, o nuestras habilidades para hacerlas frente, no han cambiado. Por ello, la prevención y la terapia psicológica son fundamentales para la evolución del problema.
La promoción de hábitos de vida saludables y las intervenciones encaminadas a entender de dónde vienen los síntomas, cuáles son los agentes externos e internos que los están provocando y por qué afectan de la manera en que lo hacen, son algunos de los objetivos de la terapia, cuyo fin será ayudar al paciente a generar estrategias que le permitan hacer frente a dichas circunstancias de manera permanente. Para ello, se suelen utilizar estrategias como la psicoeducación, modificación de ideas irracionales y distorsionadas, la resolución de problemas, el cambio de hábitos de vida, las técnicas de relajación, el mindfulness, etcétera.
Si se ha sentido identificado con alguno de estos síntomas, pida cita: en el Centro Kassem podemos ayudarle.
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