Los niños de Silicon Valley van al cole sin pantallas
Por el Dr. Jesús Marín Lozano
En los últimos 25 o 30 años hemos sido testigos de un desarrollo exponencial de las tecnologías de la información y la comunicación, principalmente en lo referente a la telefonía móvil e Internet, que ha cambiado de forma radical nuestra forma de vida. Esta semana ha vuelto a ser noticia en muchos medios la decisión de aquellas personas que trabajan en el epicentro de la tecnología mundial, Silicon Valley, de llevar a sus hijos a colegios que no emplean tablets o tecnología alguna hasta la secundaria. Paradójico pero sensato, ya que en palabras de alguno de estos miembros de las ‘élites de la ingeniería’, la sobreexposición a la tecnología limita la concentración y mina la creatividad.
Actualmente no podemos concebir nuestra vida cotidiana sin los teléfonos móviles, Internet, redes sociales e instrumentos que utilizamos diariamente. En relación a ello, se ha producido un significativo incremento de los problemas asociados al abuso de estas tecnologías. Estas alteraciones de comportamiento llegan a parecerse a las adicciones a otras sustancias, ya conocidas y tratadas desde hace largo tiempo. Aunque las organizaciones médicas internacionales no han reconocido todavía de forma oficial y estandarizada los problemas relacionados con la exagerada utilización de las nuevas tecnologías, asistimos a una realidad clínica creciente que genera cada día más demanda y consultas.
El deterioro en las capacidades psicológicas y emocionales de las personas, en relación al uso excesivo de la tecnología, así como el excesivo tiempo dedicado a la misma, acaba provocando un deterioro en el funcionamiento laboral y psicosocial del individuo, causa alteraciones en el procesamiento afectivo y emocional y por tanto en el proyecto vital y funcionamiento global de las personas. La tecnología en sí, es un elemento fundamental que presta un servicio actualmente imprescindible en nuestras vidas, pero cuando su uso adquiere dimensiones desproporcionadas, ya sea consolas de videojuegos, terminales de telefonía, redes sociales o aplicaciones entre las que se puede incluir compra compulsiva, videojuegos, mensajería o ciber-sexo acaba afectando de forma a veces grave física y psicológicamente. Cuando hablamos de videojuegos posiblemente es un problema que afecta preferentemente a la población infantil, Internet a jóvenes y adolescentes y la telefonía móvil a un espectro más amplio de la población.

La Asociación Psiquiátrica Americana habla de existencia de problemas para el juego patológico por Internet cuando éste se convierte en una actividad dominante de la vida cotidiana, se producen síntomas de abstinencia como irritabilidad, ansiedad y depresión cuando se corta el acceso al juego, necesidad de incrementar el tiempo destinado a ello, o sea, tolerancia, pérdida del control sobre su uso y afectación de actividades cotidianas con pérdida de interés por la vida real y reducción del tiempo a la relaciones interpersonales u otras aficiones previas. La dedicación continuada al juego a pesar de conocer sus consecuencias adversas, llegar a engañar o mentir a miembros de la familia o terapeutas para ocultar el grado de implicación al mismo o el uso del juego para aliviar un estado negativo, son criterios diagnósticos para confirmar la existencia de un problema de juego patológico por Internet.
La similitud con una adicción a sustancias
El reconocimiento por parte de las últimas clasificaciones de las enfermedades mentales del juego patológico por Internet como una posible entidad clínica, ha facilitado el estudio de las bases biológicas de estos procesos, que comparten características con las adicciones a sustancias, aunque también tienen algunas diferencias específicas. Se han encontrado alteraciones en sustancias como la dopamina y circuitos cerebrales en personas con problemas de este tipo.
Ante este tipo de problemas, hay que explorar en consulta síntomas asociados que con frecuencia ocurren, sobre todo de tipo depresivo, ansiedad, control de impulsos e incluso abuso de otras sustancias, además de las consecuencias negativas que este problema provoca en el funcionamiento interpersonal, familiar, laboral, académico, lúdico y social de las personas que sienten que el uso exagerado de las tecnologías acaba deteriorando sus vidas.
A la hora de abordar estos problemas en consulta, existen estrategias de intervención, tanto de índole psicológica como farmacológica. Hay que explorar la presencia de síntomas de ansiedad, depresión, posibles adicciones principalmente de alcohol, impulsividad y problemas por déficit de atención e hiperactividad. Los objetivos se centran en reducir el tiempo dedicado al uso de la tecnología y mejorar los síntomas asociados. Las terapias psicológicas suelen ser por aplicación de intervenciones cognitivo – conductuales para tomar conciencia del problema y aprender estrategias que consigan disminuir las situaciones que fomentan el uso y promuevan actividades que no dependan de las tecnologías. El hecho de que es muy difícil conseguir la abstinencia total de las mismas, por su amplia implantación en nuestras vidas, es un factor que complica el tratamiento. Los tratamientos farmacológicos han usado estrategias similares al tratamiento del trastorno obsesivo-compulsivo, utilizando antidepresivos inhibidores de la recaptación de serotonina y también de acción dopaminérgica. Se recomienda la combinación de tratamiento farmacológico y psicoterapéutico.

Alternativas gratificantes de otro tipo
Existen también intervenciones preventivas dirigidas a desarrollar habilidades para el uso racional de Internet, estrategias para afrontar alteraciones emocionales diferentes al uso de las tecnologías, planificación del tiempo libre y mejora de las relaciones interpersonales y familiares que hagan que las personas tengan alternativas gratificantes diferentes al uso de estos elementos, que pueden acabar generando problemas cuando se utilizan en exceso.
Ante sospecha o señales de alarma por el uso exagerado de las tecnologías hay que ponerse siempre en manos de un profesional que pueda ayudarnos, antes de dejar que el problema y por tanto sus consecuencias se hagan más difíciles de controlar o sus consecuencias acaben deteriorando de forma significativa nuestras vidas. La consulta a un psicólogo o psiquiatra puede ayudarnos a conocer la dimensión del potencial problema y contribuir a resolverlo.