Por Marisol Kassem García

Realizar ejercicio físico a diario reduce la probabilidad de sufrir trastornos emocionales como la ansiedad o la depresión. Son conocidos los beneficios del deporte para la salud cardiovascular, la disminución del peso o los problemas de movilidad. Asimismo, todo el que hace ejercicio con regularidad, habrá notado que tras la sesión de entrenamiento, experimenta una sensación de bienestar muy particular, un aumento de energía al tiempo que una sensación de relajación placentera diferente a la que siente con otras actividades. Sin embargo, aunque la experiencia resulte fácil de relatar, es poco probable que sepa explicar a qué se debe esta sensación.

 

¿Qué bases fisiológicas y psicológicas están detrás de ello?

 

Cuando hacemos ejercicio, nuestro cerebro segrega unas sustancias que se llaman endorfinas. Muchos habrán oído hablar de ellas como los “antidepresivos naturales”. Estas sustancias tienen una estructura parecida a la de los derivados del opio, como la morfina y la heroína (de ahí que a veces se las conozca como “opiáceos endógenos”), con un efecto relajante y analgésico parecido al del opio pero sin los efectos negativos de éste.

 

La parte de nuestro cerebro encargada de procesar las emociones, el “cerebro emocional”, contiene multitud de receptores para estas sustancias, por lo que, cuando hacemos ejercicio, estamos mandando más cantidad de endorfinas a nuestro cerebro emocional, estimulando los centros de placer y provocando con ello una sensación de calma y bienestar tanto física como mental.

 

Además, estas sustancias tienen un efecto en la disminución del dolor. Cuando nos hacemos daño, nuestro cerebro segrega endorfinas encaminadas a disminuir esa sensación y ponernos a salvo. Del mismo modo, ante una situación de estrés o dolor emocional, las endorfinas actuan disminuyendo la intensidad de dicho dolor, por lo que tras la sesión de entrenamiento, solemos sentirnos como si las preocupaciones nos pesaran menos.

 

No menos importante que el aspecto fisiológico, es el componente psicológico del ejercicio. El tiempo que dedicamos al deporte resulta ser un momento de aislamiento de los problemas y el estrés de la vida diaria. Resulta relativamente frecuente ver a una persona responder un correo electrónico mientras ve la televisión en el sofá de su casa, o hacer una llamada de negocios mientras come. Sin embargo, es difícil hacer estas cosas mientras se está corriendo o montando en bicicleta, por lo que la desconexión es mayor, lo que redunda en una reducción del estrés.

 

Lograr propósitos, alcanzar metas

 

Otro de los efectos positivos se debe a la sensación de superación y de logro que el deporte implica. Cuanto más entrenamos, mayor es nuestro rendimiento; somos capaces de correr distancias mayores, hacer ejercicios más exigentes y en definitiva, aumentar la intensidad del entrenamiento. Deportes como el crossfit, por ejemplo, apoyan su éxito, entre otras cosas, en el hecho de que suponen un reto contra los propios límites: una competición contra uno mismo y una sensación constante de autosuperación. Sin ir más lejos, después de una sesión de golf que se ha dado bien, salimos satisfechos, tras un buen partido de paddle salimos pletóricos o podemos terminar una carrera con esa sensación de “¡lo he conseguido!”. Eso, indudablemente, ayuda a mejorar nuestra autoestima de forma inmediata, aumentando nuestra motivación y nuestras ganas de esforzarnos y sacar lo mejor de nosotros en el resto de facetas de nuestras vidas, extendiéndose el efecto positivo a todas las esferas vitales.

 

El aspecto social no es un factor menos importante, pues a menudo el deporte nos permite conocer gente, entablar nuevas amistades o afianzar las que ya tenemos y compaginar dos importantes esferas de nuestra vida: las relaciones sociales y el cuidado de la salud, en un solo momento.

 

Sin embargo, para obtener todos estos beneficios no es necesario disponer de una gran cantidad de tiempo o hacer sesiones de entrenamiento extenuantes. En consulta, suelo recomendar a los pacientes que busquen media hora al día y desempolven unas zapatillas viejas. Basta con un pequeño rato caminando a un buen ritmo para empezar a generar el hábito y notar los efectos beneficiosos.